LECTOR Y NAVEGANTE A UN TIEMPO

 

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD




LECTOR Y NAVEGANTE A UN TIEMPO

Dicen que ser marino antes que escritor y poeta era el sueño de ese muchacho y avezado lector jerezano llamado Jose Manuel Caballero Bonald; un muchacho imaginativo, espigado y alto que ya desde muy joven intuye que lejos del mar nunca podrá ser libre.

Esa vocación de navegante solitario, sus primeros viajes y aventuras marinas, junto a esa idea de libertad -nos lo cuenta él mismo en sus memorias- empezó a aflorar de forma espontánea ya en la mocedad, leyendo a autores que de forma arbitraria iban cayendo en sus manos: Espronceda, Salgari, Jack London…

 No es por eso nada extraño, nos dice sus biógrafos, que emprendiera estudios de Náutica y astronomía en Cádiz.

Probablemente fuera allí, en Cádiz, en esa primera época de estudiante, y quiero imaginar, después de haber leído a Martín Eden de Jack London, -la apasionada historia de un marino que quería ser escritor- en esa efervescencia poética, junto al grupo Platero; Quiñones, Mariscal, Pilar Paz, José Luis Tejada, Carlos Edmundo de Ory… donde el joven Bonald, sintiera con absoluta claridad que su destino no era el de ser marino, sino el de escritor y poeta.

Esa amistad profunda con el lenguaje, el deslumbramiento por los clásicos, por Juan Ramón Jiménez, Cernuda y otros autores del veintisiete, se acentúa en esos meses en que una enfermedad pulmonar le hace interrumpir sus estudios y guardar reposo por un tiempo, no tanto, pero sí el suficiente, para seguir alimentándose de libros. Libros que, de alguna manera, él siente más que nunca que les habla y que le escuchan.

Y, que ya una vez recuperado de su enfermedad, les hace tomar la firme decisión de abandonar sus estudios de Náutica, para emprender en Sevilla la carrera de filosofía y letras.

“Dame la libertad del agua de los mares”, canta el Lebrijano, son los versos de un tema musical que más tarde compondría Caballero Bonald para su disco; Tierra.

Desistir, pero no del todo. Embarcarse en la perplejidad de esa otra  nave que tiene que ver con el lenguaje, la palabra, la imaginación. Porque para viajar lejos -nos dice Emily Dickinson- no hay mejor nave que un libro.

Y así, lo debió entender ese muchacho espigado y alto, ese fantasioso y joven lector que quiso ser marino, y que aún no sabía ni podía sospechar, que un día tendría en sus manos -entre otros no menos prestigiosos premios como; el Nacional de las letras, o el Reina Sofía- ese máximo galardón que otorga el ministerio de cultura en lengua española, que es el Premio Cervantes.



Para llegar a eso, antes, como Ulises -nos cuenta en sus memorias- el joven tuvo que atravesar un periplo por tierra, mar y aire. Buscar nuevas realidades, embarcarse a través de la palabra en ese andar a tientas por el mundo; Madrid, Barcelona, Mallorca, Colombia.

Porque sólo es verdad lo que aún no conozco, nos dice el poeta en unos versos.

Libros de poesía como Las Adivinaciones, Anteo, Las horas muertas, Descrédito de un héroe, Diario de Argónida, Entreguerras… o novelas tan memorables como Dos días de septiembre, Ágata ojos de gato, Campo de agramente, entre otras…y con ello, los reconocimientos.

Libros que de inmediato, nada más leerlos, nos hace pensar en ese tañedor, ese orfebre de la palabra que ama al mar tanto, como ama a Rimbaud o a Baudelaire, a Góngora o a Vallejo…en ese arduo oficio de lector y navegante a un tiempo.  

Y los ama porque sabe y siente que la gran literatura sólo puede estar hecha por seres libres.

Escritores intrépidos, valientes, como esos primeros y arcaicos navegantes que crearon el mítico reino de Árgonida. Ese reino fabuloso de Tartessos que a Bonald desde muy niño le fascina, justo allí donde Doñana, las marismas y el Guadalquivir.

El mar como símbolo de libertad, lejos de la noche donde aparecen los miedos, las dudas, las incertidumbres… A veces visto como un oráculo.

“Eso que se adivina más allá del último confín, es aún la vida”, se pregunta el poeta, sabiendo como sabe que es allí, en la otra orilla donde permanece el enigma, la memoria de lo que un día fuimos.

 


Isabel de Rueda

 

 

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